Escribir el tiempo, las estaciones.

¿Cómo se puede hablar aestéticamente de lo estético?

Theodor W. Adorno

Porque lo que sí me pasa es que me deslumbra el sentido.

Y hago fotografías de palabras y signos abandonados en lugares extraños

Nunca me han interesado las enfermedades que tienen que ver con la letra escrita. Me sobrecoge, eso sí, que alguien vea formas geométricas exactas en una pared abandonada o escuche un ritmo preciso en un despertador analógico. Pero no me deslumbran actos como la escritura al revés o ingenios del lenguaje como los palíndromos o los trabalenguas. Nunca me ha sucedido. Incluso la palabra lletraferit1, catalana y gastada, si bien me parece bonita siempre me ha resultado demasiado evidente. Claro que estamos heridas, tocados, y obsesivamente buscamos letras, palabras, sentido. Es una inercia que nos resulta natural y, en última instancia, un depuradísimo instinto de supervivencia. Es por eso que yo, como muchos de ustedes, leo con normalidad los ingredientes de las cajas de cereales mientras desayuno en hoteles donde trato de entenderme con camareras y camareros que hablan idiomas que me son ajenos pero no me centro en la posibilidad de encontrar palabras hermanas. No, no encuentro nada desconcertante en la obsesión por la palabra escrita y nunca me detengo a pensar por qué reposo la mirada en los carteles que me rodean, ni me sorprende necesitar leer algo cuando estoy en un lugar nuevo. Todo esto, de hecho, me parece absolutamente natural.

Así: absolutamente natural.

Y claro: siempre que hago cualquier cosa, leo.

Trato de reproducir esta manera de acceder al mundo para entenderlo mejor o vivirlo más intensamente. Y durante un tiempo, por ejemplo, traté de escribir con todo lo que estaba fuera de mí utilizando una cámara de vídeo con un zoom muy veloz para escoger palabras, sílabas y letras al azar en diversos carteles de la mexicana ciudad de Oaxaca con la finalidad de escribir en la pantalla de la máquina cosas que afuera no estaban. Buscaba en la ropa que llevaba la gente signos de mi alfabeto materno que me explicaran quiénes eran, quiénes éramos. E incluso trasladaba escritos de su lugar original afuera de su contexto para ver si cobraban otro significado.

Pero por decirlo de alguna manera: hacía esto y basta.

Buscaba sentido, no palabras.

Escribía cosas, trasladaba e inventaba. Nada más. Porque a mí los signos, e incluso las palabras, así, como elementos aislados, las letras casi como objetos, las palabras como cofres, nunca me han provocado demasiado interés. Me parecen tan implanteables como mis manos cuando se aferran a un lápiz o el hueso del dedo pequeño de la mano izquierda que parece deslizarse cada vez que pulso en este ordenador la letra a. Útiles, más que cualquier otra cosa. E incluso algo orgánico, bonito, pero basta. Algo que no me interesa demasiado, sobre todo, porque lo que a mí me ocurre es que me deslumbra el sentido. No las letras, los sonidos ni las palabras que conforman, sino todo aquello en lo que se pueden convertir y que está muy afuera o muy adentro. Mucho, mucho más allá. O mucho, mucho más aquí. De alguna manera casi incomprensible: en algún espacio abstracto más eterno y muchísimo más importante que la letra escrita. A menudo, en el silencio que teje entre sí, tras de sí, a pesar de sí.

Hago también fotografías de trozos de frases, palabras y signos ortográficos abandonados en lugares extraños -palos de teléfono excesivamente altos para que alguien pueda leerlos, barcazas ahogando sus nombres borrosos en puertos industriales, mensajes soterrados en las grandes tuberías de servicio público de las ciudades, espacios furtivos. Cosas que escribimos pensando que tenían sentido en un lugar y un momento pero que con el tiempo se han quedado solas. Cosas que parece que necesiten, desesperadamente, una reinterpretación. Siempre lo he hecho. Tengo muchísimas imágenes construidas así. De lugares muy distintos. Fotografías de pedazos de camiones oxidados y de cajas abandonadas en un campo. Vallas con instrucciones que ya no delimitan nada. Piedras fuera de lugar con mensajes que se han vuelto incomprensibles. Un trozo de tarjeta de presentación, un mensaje escrito a toda prisa en una calle. Una colección de notas familiares. Y con todo ello intento construir, constantemente, un mundo dentro de este mundo nuestro. O en el que refugiarme de él, convivir conmigo sola un rato. Con esta inercia que no se agota en la intención de darle sentido a todo y formar parte. Porque eso sí me fascina. Me tensa. Me emociona. Me corresponde. Encuentro absolutamente impresionante crear, casi con naturalidad, conceptos que nos permitan entendernos emocional e intelectualmente. Transmitir. Hermanarnos. Y es por eso que los busco siempre y en todas partes. Leo, pregunto, escucho, interpreto, observo, me abstengo, me libero y trato de averiguar todo el tiempo dónde reside esta posibilidad inmensa de generar un mundo, con qué parte incomprensible del lenguaje nos construimos, qué debemos dejar atrás para entender y entendernos. De qué manera el lenguaje nos lo acerca todo todo el tiempo. Nos atraviesa. Nos abrocha. Y aunque ya haya respuestas y cuestionamientos constantes desde el psicoanálisis, el teatro, la sociología o nuestra creación, el documental, la fotografía, la pintura, la imaginación, el cine… preguntas y respuestas en el arte, la filosofía, la literatura y la sabiduría indígena, enraizada o espiritual… a pesar de que ya, ya existan tantas maneras de encapsular tantas cosas, yo quiero planteármelo todo de nuevo para construir nuevas preguntas y nuevas respuestas rabiosamente subjetivas. Es por eso que me obsesionan las maneras cómo nos explicamos los mundos que habitamos -como si nuestra vida fuera un charco y nosotros renacuajos que nos convertiremos en sapos a causa de unas leyes físicas que no sabemos cuáles son, donde están escritas (si acaso están escritas), cómo funcionan, ni para qué sirven.

Aunque no importa que no lo podamos entender.

Escribimos a toda costa y a pesar de cualquier cosa.

Queremos levantar, sea como sea, cúpulas constantes de sentido. Casi como compulsiones. No para conmemorar los objetos con los que construimos sino para conmemorar esta posibilidad extraordinaria de reinventarlo todo y formar parte de un mundo escrito. Rendirnos con asombro frente a esta inercia que le es intrínseca al lenguaje y frente a la capacidad de construir con esta naturalidad constante mundos escritos, habitar este mundo físico y no sucumbir a él. Escribir lo que somos y formar parte. Inventarnos a cada rato el lenguaje y entender.

Esto es exactamente lo que me fascina.

Y de eso es de lo que ahora quiero hablar.

1 Letraherido, hace referencia a todas las personas tocadas por la literatura: poetas, novelistas, editores, críticos, novelistas, cuenteros, lectores empedrnidos, etc.

2 comentarios sobre “Escribir el tiempo, las estaciones.

  1. Dues sensacions experimentades , he percebut la primera part del text com un pàrraf independent al segòn i viceversa. Amb el primer no m´he enganxat gens i amb el segón he aquirit un respir pausat de satisfacció amb el que llegía.. Dues sensacions: M.he sentit perdut en la primera part del text i en el segòn, identificat.

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  2. Ostres Lolita, et veig molt existencialista!
    Mentre llegia, també sentia aquestes filies que expresses com molt més interessants que les altres. De fet, aquest desig furtiu i sorpressiu de trobar un nou sentit al descontextualitzat és atrapador. També m’ha vingut al cap l’horror vacui que sentim quan no trobem sentit a alguna cosa, o quan tenim un dubte. És com no tancar un cercle i deixar una figura inacabada.

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