La pastu

Cuando yo era pequeña una muñeca me acompañaba a todas partes. Tenía el pelo corto y casi blanco, la barriga rellena de un algodón hecho bolas, los pies descalzos, los ojos verdes, las piernas cortas y una extraña expresión de ausencia. Se llamaba Pastureta. Y hoy no ha muerto.

Ilustración: Irene Bosch.

A veces la llamábamos pastu y tenía las anginas inflamadas, padecía de cistitits con los cambios de estación, calentaba el termómetro en una bombilla los días que no quería ir a la escuela y nunca trataba de bajar los escalones de dos en dos porque le daba miedo. Igual que correr y ver volar un balón.

Pastureta era precavida y no jugaba a fútbol ni hacía deporte. Nunca estaba con otras muñecas, saltaba a la goma y a la cuerda, devoraba tebeos y leía a escondidas los libros que ella pensaba que no le dejarían leer. Colaba una linterna debajo de la sábana e iluminaba las páginas como los personajes de los internados ingleses. No era necesario esconderse tanto, pero le gustaba hacerlo. Y luego se dormía conmigo. Se acostaba en las noches sin hacer ruido y no me molestaba robándome la almohada. No estiraba las mantas, no se levantaba a beber agua ni despertaba asustada con alguna pesadilla. Tampoco era sonámbula. Y eso es una suerte, porque pastu y yo desconfiábamos de los niños sonámbulos.

En ocasiones llevaba un vestido verde con flores blancas de manga corta y dos bolsillos. Pero normalmente prefería no arreglarse mucho ni peinarse ni ponerse collares ni pendientes ni pulseras ni clips de colores ni nada que no fuera ella. Le gustaba más columpiarse, esconder cosas en cabañas a medio construir y nadar en la playa. De modo que venía conmigo todos los veranos y a veces se trepaba con nosotros en una barca. Y si alguien la miraba todo el rato, incluso se atrevía a tirarse en medio del mar y a zambullirse un poco y cerrar los ojos. Contando cuántos metros eran treinta metros. Porque yo le había explicado a Pastureta que después de eso venía la oscuridad.

Le gustaban los perros aunque no tuviera ninguno. Y cuando iba a casa de mis abuelos paternos siempre escondía la cabeza debajo de una de las jardineras de la terraza para encontrar a la Tortuga Paca. Aunque no le gustaban los pájaros, ni encerrados ni sueltos, ni tampoco los roedores, las serpientes y los animales con cara de estar enfadados.

Su clima favorito era el del otoño, aunque cuando llegaba se ponía un poquito triste porque ya no podría nadar. Y aun así salía a caminar por una avenida de plátanos que había en casa de la hermana de mi abuelo y cuando nadie la veía cogía una de aquellas bolas que parecen espinos y la apretaba para ver cuánto dolor era capaz de soportar.

No recuerda haber tenido chupete ni biberón ni haber vivido jamás con nadie que no fuera yo. Comía patatas hervidas con salsa rosa, huevos fritos con arroz y un plátano que no era de los de casa de la hermana de mi abuelo. A veces también se comía un pastel de chocolate con nata o un poco de mazapán.

Yo vestía un tutú de ballet. Pero ella imitaba a Elvis Presley.

Hasta que un día que me dormí se fue volando y voló hasta que no he vuelto a verla. Pero, aun así, no recuerdo en qué momento exacto me dejó sin irse. Porque hoy sigue estando cerca y lee esto y no hace ruido porque no es sonámbula.

2 comentarios sobre “La pastu

  1. Em produeix una doble sensació. Per un costat la autora sembla que estigui fent una radiografía desvirtuada d’ella mateixa. I per un altre banda podría tractar-se d’un relat que ha estat impulsat per un sentiment de soledat.

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