BIENVENIDAS, BIENVENIDOS AL PARAÍSO. Y feliz 2021.

Para mi hermano Rómulo, mi Nueva York.

Mi todo.

Coney Island es una de las siete comunidades del continente americano fundada por una mujer y la única en todo Norteamérica. Sólo siete. Esto sucedió en el año de 1639 y en la tierra que entonces era New Netherland: hoy Nueva York. Cuando una mujer que llevaba un barco cargado de mujeres se detuvo, tocó tierra con su cauteloso zapato de mundo antiguo incómodo y pesado, y decidió quedarse. Dijo: De aquí soy.

Tiempo antes, en 1586, casi cuando terminaba el siglo XVI, aquella aventurera mujer nació en Londres y fue bautizada con el nombre estrambótico de Deborah Munch: quien con el tiempo se casaría con Henry Moody y adquiriría el título discreto y el nuevo nombre de Lady Deborah Moody.

Luego vivió con Sir Henry, fue su esposa y soñó.

Y al fin, a los 43 años, cuando las mujeres parecían ya extintas a esa edad y no tenían ninguna voz pública, cuando el siglo XVII había modificado algunas cosas pero el mundo seguía siendo todavía el mismo, Lady Moody se quedó viuda y heredó el apellido.

Al fin fue una mujer sola. Y emergió.

Era 1629 y faltaban todavía diez años para que huyera definitivamente de Inglaterra y viajara al futuro e imaginara un mundo distinto en un lugar que no conocía. Cuando en 1639 Lady Moody abandonó Europa en barco y se precipitó hacia un destino incierto.

Lo hizo porque era anabaptista y estaba en contra del bautizo infantil. Sólo eso. Así las cosas. Era el siglo XVII, ella era una mujer viuda que había heredado un título discreto y el apellido de su difunto esposo, y vivía convencida de que los niños y las niñas no pueden comprometerse racionalmente con la fe y que debemos esperar a que crezcan para bautizarlos. Confiar en el tiempo, confiar en ellos. Creer en la libertad de culto.

Y ésta era su Profunda e Inamovible convicción de cemento.

Lady Moody ya había cumplido 53 años y a pesar de los prejuicios y la esperanza de vida que en el siglo XVII se agotaba antes, sentía que tenía edad y experiencia suficientes para saber qué quería, hasta dónde estaba dispuesta a defenderse, qué podía comprender y que debía aprender a soñar,

qué semilla iba a plantar en la Tierra.

Así que se enfrentó a su lacónica y anglicana sociedad, fue perseguida hasta rincones inauditos de su país, cruzó el océano en compañía de cinco amigas y finalmente desembarcó en Saugus, Massachussets. Donde una mujer sola y cinco mujeres tozudas parecían leones en los corrales de las ovejas y emergían de la multitud conquistadora como un racimo de zanahorias, pelirrojas, enloquecidas luchadoras de causas pequeñas. Así que pronto fueron vistas. Pronto juzgadas. Y apenas cuando cuatro años después de aquel desembarco en la costa americana, Lady Moody fue públicamente amonestada por el líder puritano de Saugus, Massachussets, y sintió que se acercaba otro cerco social. Otra soga. Y entonces se hartó de portarse bien, pedir permiso, huir por una convicción de cemento, esperar el paso del tiempo y de la ignorancia, disimular sus convicciones de cabellera de fuego y esconder su convicción de cemento. Y decidida abandonó Massachussets y llegó hasta lo que hoy es el estado de Nueva York y fundó una ciudad nueva en una colonia holandesa que le permitió finalmente convertir su mundo, interno, externo, en un paraíso de la libertad religiosa inusual en aquellos tiempos.

De la libertad de culto. O de no.

Y de este modo fue que Lady Deborah Moody adquirió el sobrenombre definitivo de Dangerous Woman: Mujer Peligrosa.

Por valiente.

Por osada.

Por necia.

Por sola.

Por libre: Y porque cuando abandonó Massachussets con sus cinco amigas tozudas con cabellos encendidos de color zanahoria y llegó a lo que hoy es el estado de Nueva York y se estableció al norte de Long Island, que en aquella época era inexplorado territorio holandés, y fundó un pueblo al que le puso el nostálgico nombre de Gravesend y poco tiempo después los indios niochos atacaron Gravesend para recuperar lo que legítimamente les pertenecía y Lady Moody tuvo que huir con sus seguidoras, supo que iba a regresar.

Que aquella ya era su casa.

Que se había ganado el bien precioso de la libertad amontonando uno a uno los cuadraditos de sus convicciones de cemento encima del barco de papel con el que había cruzado el océano, y que con ellos construyó una vela que lo consiguió todo. Y no estaba dispuesta a permitir que sus generosísimas creencias se convirtieran en piedras inútiles que sólo delimitan el margen del camino. No eran sólo señales. Era vida. Su vida.

Su cuerpo no era un decorado.

Su pasado no era un relato.

Así que regresó.

Porque ya se sentía en casa, interna, externamente.

Y por eso supo que no iba a luchar, combatir, exigir. Hacer daño. Porque todo el mundo cuida su casa. Por eso regresó al pueblo que ella había fundado con el nostálgico nombre de Gravesend y del que la habían expulsado los indios niochos cuando quisieron recuperar sus legítimas tierras que hoy son una parte del estado de Nueva York. Para pactar. Contarle historias al Jefe Indio Mattinoh que lideraba la región hasta agotarlo. No quería pelear, sino cansarlo. Porque con el paso del tiempo y de los mares y los océanos y los colores caducos de las cabelleras, había entendido que solas, ella y sus cinco amigas tozudas que parecían un ramillete de zanahorias recién arrancadas, no podrían ganar jamás un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

No contra los hombres.

Así que su única posibilidad de triunfo era sentarse a conversar con el jefe de la tribu india hasta llegar a un acuerdo. Perseguirlo cuando se levantara a meditar hablando detrás de él todo el rato. Caminar a la par. Demandar atención. Cansarlo.

Fumar la simbólica pipa de la paz.

Inventar un Manual del Agotamiento Masculino y seguirlo al pie de la letra.

Ser la sombra constante del Jefe Indio Mattinoh y hablar y hablar y hablar y hablar y hablar hasta que él se cansara. Hasta que se detuviera en medio de la nada y dijera, tratando de no perder la educación, maravillado con la tenacidad de aquella mujer extranjera con el cabello del color del fuego:

  • Ha ganado usted, Dangerous Woman. Basta.
  • Llámeme Lady Deborah –repuso ella. Involuntariamente coqueta.

Era el domingo 7 de mayo de 1645 de una época anterior a los relojes digitales y los calendarios en los portamonedas. Y Mattinoh, jefe de los indios niochos, firmó a favor de Lady Moody la venta de la tierra que iba ‹‹desde la casa de Antonie Johnson hasta una isla conocida con el nombre de Conyne Island››. Y Lady Moody pagó, a cambio de aquel pedazo de tierra que con el tiempo había de contener nuestros sueños y nuestras esperanzas, dos pistolas y tres libras de pólvora. En total: 15 dólares.

15 dólares que hoy equivaldrían a muchísimo más dinero, cuatro siglos más tarde, cuando ya nada nos parece suficiente para pagar el paraíso.

Pero eso fue el precio: 10.9 euros, 1.24 yenes, 676 rupias indias, 287,25 pesos uruguayos, 2368,05 nairas nigerianos, 9.22 libras británicas.

15 dólares.

Y con aquella cantidad de dinero que hoy nos parece irrisoria, Dangerous Woman compró la tierra pero compró también su quietud. Su vejez. La posibilidad de detener, para siempre más, el tiempo. Porque desde entonces no volvió a perseguir a nadie hablando y hablando y hablando y hablando y hablando, ni estuvo nunca más amenazada por mantener las creencias que le vinieran en gana y defenderlas con su poderosa cabellera encendida. Sino que dejó tranquilo al Jefe Indio Mattinoh y por quince dólares y una pipa de la paz se quedó con un lugar en el que guardarlo todo tal y como podía haber sido. La semilla mítica de nuestra esperanza. Un lugar que había ganado contando historias hasta el agotamiento y desde el que inventar, constantemente, un mundo mejor. Posible.

Tierra de la libertad.

Y así y sólo así fue que Coney Island empezó a germinar como una enredadera que atraviesa las nubes y en la que se esconde todo lo que sólo allí, una vez maravillosa, fue verdad.

Con estruendo de tambor de fondo.

Retumbe. Alegría.

Un comentario sobre “BIENVENIDAS, BIENVENIDOS AL PARAÍSO. Y feliz 2021.

  1. Gràcies Lolita per aquest relat que vas iniciar tú en una de les classes i que has explicat ara fil per randa.
    No puc estar més d’acord en el fet de que no s’hauria de comprometre en la fe als nadons o nens petits.
    En quan a la obtenció de consens que fà Lady Deborah Moddy envers el cap indi auténticament genial. Mereix l’admiració i l aplaudiment. Que dic l’aplaudiment´¡¡¡¡¡. Hauria de ser el que s’anomena: UNA OVACION CERRADA.
    Enric Bonsoms

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