CIGÜEÑAS

Un cuento de Lolita para este año nuevo. ¡Feliz 21!
Publicado en la revista GRIFO de Chile, 2020.

Las cigüeñas no beben en frente de la gente. Son animales asustadizos y tímidos, van siempre en pareja y únicamente toleran la mirada de los niños y las niñas.

Aunque tampoco beben en frente de ellos.

Teodoro tiene ocho años y ya lo sabe. No obstante esta mañana, después de desayunar, haya irrumpido alborotado en su casa para contarle a la cocinera que ha visto a dos cigüeñas bebiendo en el estanque del jardín trasero. Cuando estaba contando cómo eran las cigüeñas y qué posición adoptaban para beber, ha entrado en la cocina su padre. Y se ha molestado tanto porque Teodoro ha mentido, que ahora está castigado en su cuarto sin comer y sin cenar. Puede parecer un abuso, pero el padre de Teodoro es un hombre tajante. Se llama Élmer y es propietario de una empresa que se dedica a la colocación de lámparas y cristales antirreflejantes en museos y exposiciones itinerantes. Su esposa no trabaja, pero pasa poco tiempo en casa. Así que todavía no sabe lo que ha ocurrido.

Úrsula sale todas las mañanas sin decir dónde va. Nadie acostumbra a pensar nada extraño de ella, porque a pesar de no ser una mujer transparente parece sincera. Una noche Élmer le preguntó si debía de sospechar algo y ella le contestó que no. Desde entonces Úrsula sigue saliendo y despidiéndose de su marido y de su hijo todas las mañanas. Antes de hacerlo, le da instrucciones a la cocinera para la preparación de la comida y de la cena. No es necesario que lo haga: la cocinera sabe perfectamente cómo hacerse cargo de la alimentación de la familia. Hace treinta años que trabaja en esta casa. Lo hacía cuando la habitaban los padres de Úrsula. Y cuando la hija se casó y ellos se mudaron fuera de la ciudad, optó por quedarse. Aun así Úrsula le sigue dando instrucciones. Todas las mañanas. Sabe que la cocinera no las cumple, pero le basta con que haga ver que presta atención y que está dispuesta a obedecerla.

Es un juego.

Cuando Élmer se encierra en su estudio, la cocinera sube sigilosa las escaleras con una bandeja. Abre la puerta de la habitación de Teodoro sin haber llamado antes, avanza hasta la mesita de noche, deja la bandeja con un vaso de leche y dos tortas dulces de naranja, le guiña el ojo al niño y sale sin decir nada. Sabe que cuando termine, Teodoro esconderá la bandeja con las migas de las tortas dulces y el vaso vacío debajo de su cama. Por la mañana la sirvienta la encontrará y sin hacer preguntas la bajará a la cocina.

También es un juego.

Teodoro se come las galletas y se bebe el vaso de leche. Después apaga la luz y se duerme. La cocinera le pondrá ración extra en el desayuno, sin hacer una sola mueca que la delate. Con lo que ha cenado esta noche, le basta para dormir sin tener pesadillas.

A la mañana siguiente, Élmer no ha salido todavía de su estudio cuando Teodoro comienza a comer la ración extra de cereales. Élmer nunca deja de sentarse con su familia a la hora del desayuno, pero como es un hombre tajante nadie se atreve a importunarlo. Tiene un inquebrantable respeto por la intimidad. Úrsula ha estado esperando mucho rato que su marido salga del estudio. Está comenzando a impacientarse. Cuando terminan de desayunar, Teodoro sale al jardín y la sirvienta baja las escaleras con la bandeja en las manos. Úrsula está tan absorta esperando la aparición de su marido, que no se da cuenta de nada. Ni siquiera sabe que ayer Teodoro estuvo castigado en su cuarto por decir mentiras. A media mañana, con una mueca de fastidio, sube las escaleras y toca suavemente la puerta del estudio privado de su marido. Ya me voy, dice. Nadie contesta. Úrsula abre la puerta lentamente y descubre que la habitación está vacía. Se dirige al cuarto, al baño, al invernadero y a la biblioteca, pero no logra encontrar a Élmer.

–Habrá salido esta mañana temprano y no nos habremos dado cuenta –le dice a la cocinera.

Luego le da las instrucciones para preparar la comida y la cena, y abandona la casa.

Cuando regresa por la noche, Teodoro ya está dormido y la cocinera la espera frente a la mesa del comedor con la cena servida.

–¿Y el señor?

–No ha regresado, señora. Han llamado de la empresa buscándolo. No sabía qué hacer. Pero como no tenía dónde localizarla, he decidido esperar.

Úrsula cena. A pesar de no haber visto a Élmer en casi dos días, mastica pausadamente. Después se levanta para ir a su cuarto.

–Buenas noches –dice antes de empezar a subir las escaleras.

La sirvienta recoge los platos de la cena y se acuesta también.

Tras la desaparición de su marido, Úrsula no se vuelve a casar ni quiere tener más hijos. Teodoro pasa las tardes entre el estanque del jardín y la cocina. A veces se sienta con la cocinera a leer un cuento junto al altar de tres piedras blancas y tres piedras negras que ha hecho construir su madre en honor a una novela que la impresionó hace muchos años.

Cuando sea mayor de edad, se irá de casa.

Úrsula y él se verán poco. La mujer no sabrá exactamente de qué vive Teodoro. En una ocasión le dirá a la cocinera que supone que hace traducciones o algo parecido. Nunca le pedirá dinero y ella nunca se lo ofrecerá.

Úrsula sabe que dos veces al mes la cocinera irá a comer con su hijo. Nunca le dirá nada a Úrsula y ella tampoco se lo preguntará.

Y esto que puede parecer paralelo, es importante: no hay ninguna teoría científica que explique por qué las cigüeñas no beben en frente de la gente. Algunos investigadores sostienen que es debido a una herencia genética que tiene que ver con ciertos pájaros que desaparecieron hace millones de años. El hecho es indiscutible: las cigüeñas no pueden beber si alguien las mira. Y esos investigadores piensan que los únicos ojos que son capaces de reconocer las cigüeñas, son los ojos humanos. De hecho, hay algo en ellos que solo las cigüeñas saben presentir. Por eso creen intuir un peligro en nuestra mirada. Pero como no es posible explicar qué reacción podría provocarles, resulta difícil saber de qué se trata exactamente. Otro grupo de investigadores, más apegados a la teoría de la evolución, asegura que la especie inmediatamente anterior a las actuales cigüeñas se escondía para beber porque procedía de cierta región remota donde el agua era escasa. Aseguran que las cigüeñas heredaron esa costumbre, aunque ya no exista ningún motivo que la justifique. Cuando se convirtieron en el tipo de animal que son hoy, las cigüeñas dejaron por fin su hábitat natural y se expandieron por casi todo el planeta. En la actualidad, se pueden encontrar cigüeñas en regiones de todos los continentes.

Y sin saber esto, Úrsula sale de su casa el día siguiente. No dice dónde va. Después de dar instrucciones a la cocinera, sube a su coche y desde la ventanilla se despide de Teodoro que en este momento está saliendo al jardín. El niño no le devuelve el saludo a su madre. Cuando la cocinera le pregunta por qué se comporta de ese modo, él asegura que no se ha dado cuenta de que Úrsula se estuviese despidiendo.

La ha llamado Úrsula.

Y si es cierta la segunda teoría que explica la incapacidad que padecen las cigüeñas de beber en frente de los humanos, la que asegura que es una costumbre innecesariamente heredada, el grupo de científicos que la defiende no puede aclarar el motivo que propició la migración de las cigüeñas hacia regiones tan distintas a su hábitat natural. Aseguran, de todos modos, que es imposible dudar que las aves migraron inmediatamente después de haber padecido una mutación. Aun así, no hay ninguna base científica que pueda sustentar una afirmación semejante:

Úrsula nunca se enteró de que antes de la desaparición de su marido su hijo había mentido sobre las cigüeñas. La cocinera olvidó contárselo. Además, siempre ha protegido a Teodoro.

Y es mejor que las cosas sigan siendo así.

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