¿Se puede enseñar a escribir?

Antes del Campus Lolita y las clases online y presenciales, hice un recorrido muy largo, de muchos años, para saber si se podía, de verdad se podía, enseñar a escribir. Resumido, es éste:

La Escuela Dinámica de Escritores. En el año 1999 el escritor mexicano peruano Mario Bellatin y yo, decidimos pensar juntos de qué modo se puede enseñar a escribir literatura, si acaso se puede enseñar. Reflexionamos, indagamos, establecimos un fructífero diálogo y conversamos con otros escritores y creadores, de estricta voz propia y carrera construida con genuina curiosidad artística y literaria, para que nos ayudaran a comprender qué se puede entrever de los propios procesos creativos, qué se puede tratar de transmitir y de qué modo. La investigación, fecunda y fascinante, duró varios meses, tras los cuales decidimos implementar un estricto método de aprendizaje que para nosotros fue casi un experimento y que se basaba en estrictas condiciones de trabajo que tenían mucho que ver con el universo literario de Mario Bellatin: 1) los alumnos no podrían escribir su propia obra durante los dos años que duraba el recorrido en nuestra escuela, 2) no harían ni siquiera ejercicios de redacción, 3) pensarían en la literatura a partir de otras artes y 4) en lugar de escribir, tendrían que leer y leer y leer. Así se enseña a escribir bien, pensamos. Y con este plan, y gracias al al apoyo de instituciones culturales, editoriales, artísticas y ciudadanas, así como del Parlamento Internacional de Escritores, que había fundado Salman Rushdie en 1994, Bellatin y yo abrimos en septiembre de 2001 la la Escuela Dinámica de Escritores (EDDE) bajo el auspicio de la Casa Refugio Citlaltépetl de la Ciudad de México.

Aquella novedosa propuesta convocó, inesperadamanente, a 600 personas interesadas en entrar en la nueva escuela para los que apenas teníamos 18 plazas y a pesar de que dos sucesos muy extraños marcaron el inicio de nuestra aventura: el día de la rueda de prensa murió Jorge Amado y el día que comenzaban las inscripciones cayeron las Torres Gemelas. Aún así, la respuesta fue masiva. Sin sin duda, debido a que Mario Bellatin era no sólo el director del proyecto sino también un escritor admirado y emulado por muchos escritores jóvenes. Yo misma había hecho mi tesis de maestría sobre su propuesta literaria y poner en práctica los tres años de investigación académica experimentando con él me pareció una conjunción maravillosa. Articulado y envolvente, Bellatin sabía transmitir con tanta pasión el proyecto, que contagiaba fácilmente la emoción ante aquella idea de la enseñanza literaria basada esencialemente en dos premisas: 1) la literatura por sí misma no se puede aprehender ni enseñar, pero 2) lo que sí podían hacer los buenos creadores, si compartían su proceso y abrían a nuestros estudiantes sus gabinetes de trabajo, sería mostrarles un atajo que evitaría que leyeran, escribieran y pensaran en la literatura de una manera mediocre. Estas, fueron las principales intenciones de la EDDE. Queríamos que los alumnos y alumnas se contagiaran del rigor y confiaran en que si se dejaban llevar ‘algo iba a suceder’. Por un lado, aquella forma de transmisión tenía que ver con nuestros propios procesos creativos. Por otro, era una apuesta y todo un desafío, que nos haría más conscientes de nuestro experimento, en un país como México: con grandes instituciones culturales, escuelas de escritores con muchísima tradición e infinidad de talleres literarios intensos y divertidos. Y sin duda: ‘algo ocurrió’. Porque hoy algunos de nuestros alumnos y alumnas son rigurosos escritores y / o editores que buscan una voz propia y confían en que su curiosidad los llevará a la construcción de un universo único y auténtico. Que así sea.

La novela como forma. Un par de años antes de la creación de la EDDE, durante el tiempo que escribía la tesis para la Maestría en Literatura Iberoamericana, di en la propositiva Universidad del Claustro de Sor Juana algunos cursos de las licenciaturas en filosofía, ciencias de la cultura y literatura. Y uno entre todos ellos, un taller de escritura de ensayo, con el tiempo he entendido que fue fundamental para mí. Buscaba recursos que pudiera generar y transmitir, mientras trataba de convencer a un grupo de unos veinte alumnos que lo importante en los ensayos era su voz, su propia manera de dudar, de recorrer una pregunta, de ponerse en cuestionamiento, de sintetizar y de concluir. El ensayo como forma, de Theodor W. Adorno, se había convertido en mi libro esencial para entender el movimiento intimísimo de la escritura (Pueden sacar la palabra ensayo y sustituirla por novela, solía decirles a mis alumnos). Y cuando tras un par de años de funcionamiento me fui de la EDDE para buscar una voz cada vez más mía y continuar indagando en mi propio recorrido, más allá de la creación, usé aquel libro infinito como palo de ciego que me ayudó a escribir una tesis de posgrado con la que pretendía esclarecer si los textos literarios generan sus propias condiciones de posibilidad y si podemos encontrar esa búsqueda original de la creación en las novelas que leemos. Si una suerte de pensamiento literario creativo y sumamente subjetivo, prácticamente inconsciente, era en verdad el andamio inasible de la literatura. Pero además, haciendo la tesis entendí que lo que como lectora era capaz de encapsular y entender como un instrumento literario –es decir, el germen único de la creación de una única novela– era algo que podía aprender a percibir sino en mi propio proceso creativo, sí en el proceso creativo de los demás –no sólo en su resultado. Y entonces fue que comencé a pensar en los seminarios con los que observar, lentamente, la construcción creativa de los otros.

De la experiencia de la EDDE había aprendido, sin duda, a cuestionar y precisar mi propia búsqueda de transmisión literaria. Me fui de la EDDE porque cambié de vida, pero la escuela siguió abierta algún tiempo y yo seguí pensando de muchos modos diversos qué se puede enseñar, qué se puede aprehender y qué se puede transmitir. Busqué e inventé estrategias que tuvieran que ver con mi porpia creación, con mi propio camino personal de reconocimiento liteario y con unas lecturas cada vez más escogidas y precisas.

Revisé entonces mi experiencia como alumna en la SOGEM (Sociedad General de Escritores Mexicanos): una escuela tradicional en la que cursé un diplomado en escritura creativa que duró dos años. Pero, sobre todo, repensé mi trayectoria como alumna de grandes artistas y académicos mexicanos como José Emilio Pacheco, Alejandro Rossi, Emmanuel Carballo, Rosa Beltrán y Liliana Weinberg, entre muchos y muchas otras. Años más tarde yo misma fui maestra en Barcelona de otra escuela de escritura con un formato también tradicional que me recordó al de la SOGEM: l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès. Y de ambas escuelas rescato la disciplina y la posibilidad, para alguien que comienza, de convertir la escritura en una costumbre. Aunque en ambas eché de menos la pasión de los creadores. A pesar de los buenos maestros y maestras de sus planteles, me confundía la falta de selección inicial de alumnos en base a sus intereses y lecturas. Y concluí que tratar de que el aprendizaje literario encajara con en un sistema parecido al de otros procesos de aprendizaje –artísticos y no–, es, cuando menos, limitado. Poco arriesgado y falto de curiosidad. Poco creativo. Y, sobre todo, sin espacio para la voz propia de los alumnos y las alumnas y para su íntima búsqueda, que es la que hoy creo que les permite aprender a escribir siendo quiénes ellos y ellas son. No conocernos, sino también y sobre todo: conocerse. No buscar reglas, sino inventar(se) y descubrir(se). Porque creo que para aprender a escribir, esta perspectiva es esencial. Y porque la creación literaria –no sólo en su resultado, sino especialmente en su proceso de construcción– es un bien extraordinario, precioso y fácilmente aplicable a otros ámbitos y necesidades sociales, que no nos permite únicamente entendernos a nosotros sino también al mundo. Es un proceso comprensible a muchos niveles distintos. Exportable. Sorprendentemente asible. Y que se aprehende con absoluta normalidad. Coincido con la escritora Joyce Carol Oates cuando dice que el instinto para contar historias está ubicado en la misma parte de la médula que el instinto de reproducción de las especies. Y he aprendido a ver en la escritura literaria una manera única y privilegiada de entender a los demás y de entendernos a nosotros mismos. ‘Este taller no es una terapia’, les digo siempre a mis estudiantes el primer día que nos encontramos. Y sin embargo, sí creo que atravesarlo es una manera increíblemente precisa de recorrernos y descubrirnos –más allá de las historias que queramos contar y las lecturas que nos han formado.

La literatura, la guerra y la paz. Tras estas experiencias academicas relacionadas con la escritura literaria, estuve muchos años escribiendo y pensando en formatos de ensayos de filosofía que me permitieran adentrantrarme en la creación. Llegó la guerra de México, que inició el presidente Calderón en el año 2006 con una declaración pública para enfrentar al narco, y todo aquella búsqueda me sirvió, inesperada y afortunadamente, para encontrar un espacio y un proceso en el que reconocernos y trabajar por la paz. Y desde entonces todos los fuertes de empoderamiento social y de paz que he tratado de constuir, tienen que ver con este proceso personal de escritura. De aquella experiencia casi inicial de la EDDE, hoy recupero no sólo los buenos momentos y los infinitos aprendizajes, sino también la convicción de que la literatura, de cerca y de manera completa, no se puede entender porque no significa nada. Igual que la guerra, igual que la paz. Y yendo de la búsqueda de una voz personal a la búsqueda de una voz común, creo haber entendido que la posibilidad de construir hay que buscarla en muchos otros lugares y muchas otras personas, y no sólo en el texto. Y que la pasión que convierte el lenguaje en una novela es una mezcla de posibilidades abrumadora. No sólo en el resultado que finalmente le llega al lector –que logra ver en el texto algo completo y acabado–, sino en una poderosísima pulsión literaria, que es una pulsión de vida, resistente, enraizada y absoluta.

Aquella búsqueda en la que me había embarcado desde hacía ya unos quince años como alumna de talleres, del diplomado de escritura creativa, de estudios académicos de filosofía y literatura latinoamericana, pero también de mi propia creación y reflexiones, de las lecturas y de las muchas conversaciones con los muchos amigos y colegas que sienten esa misma curiosidad absoluta que es escribir literatura, la creación de un espacio por la paz que a mí me recuerda en su estructura a una novela infinita y todo lo que me han enseñado mis alumnos y mis alumnas, concluyó en primer lugar en un ensayo narrativo, casi novelesco, sobre la intimísima escritura (Ahora, escribo, Editorial Periférica 2011). Y finalmente, ahora, en un proyecto de investigación con el que hoy trato de establecer los caminos que recorre el proceso propio de la escritura literaria para implementarlo en la búsqueda de la paz frente a la guerra y del empoderamiento social frente a la pobreza. Funciona. Estoy segura de eso.

En el año 2008 dejé l’Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès y cree, al fin, un campus de seminarios y talleres con alumnos y alumnas que me permitieron acceder, de una manera sistemática y muy personal, a sus propios procesos de escritura. Observándolos, me he observado. He experimentado qué nos sirve y qué no, para transmitir y para aprehender. Me he mirado, los he visto. Casi me he convertido ahora en su estudiante y recorro, como antes recorrieron aquellos jóvenes escritores de la EDDE, atajos con los que logro entenderme. Y finalmente he escrito pensando en un proceso que tengo la sensación de comenzar a saber cómo se puede enseñar y aplicar a otros ámbitos de nuestra convivencia humana. No escribimos solos, me dijo recientemente la escritora mexicana Cristina Rivera Garza, escribimos siempre y únicamente en comunidad.

Seminario de pensamiento y construcción literaria. Hoy (2012) sistematizo ese proceso. Invento ejercicios para que los alumnos y las alumnas lo entiendan, se apoderen de él y lo conviertan en una herramienta. Doy unos cursos que duran tres años y que tienen también reglas estrictas aunque esta vez con voluntad pragmática. En el primer año los alumnos no pueden escrirbir, sino que deben aprender a romper prejuicios y construir su propio universo abstracto y literario –que es una manera intelectual de escribir. En el segundo año, se enfrentan a la escritura física y construyen un mundo en el que su propia novela –que han estado pensando con otros ejercicios, otras disciplinas y otras personas durante todo el primer año– sea posible. Y finalmente, en el tercer año, tratan de revisar la creación de sentido y el acceso del lector al texto. Algunos lo llamarían edición. Yo creo que tiene más que ver con el rigor y la autenticidad.

Pero además, he querido llevar este movimiento un paso más allá. Y hoy no sólo quiero observar y encapsular lo que hay de verdadero y efímero en los procesos creativos de los demás, sino que quiero trato de sistematizarlo para que pueda ser aplicado, de manera casi natural, a esos otros ámbitos de la construcción ciudadana con la que tratamos de entender y entendernos. Sirva como ejemplo mi trabajo contra la guerra de México. Porque creo, fervientemente y gracias a la educación de la intuición literaria que estoy convencida que en nosotros es un proceso prácticamente espontáneo –si bien poco observado–, que la literatura es una manera de preservar la vida y de hacer del mundo un lugar mejor. No es sólo pulsión y curiosidad, no únicamente necesidad y placer, orden, cadencia, lugar, universo único en el que nos identificamos, sino todo eso y también una efectivísima y poderosa herramienta que logra que tiempo y espacio sean una misma cosa y que nosotros encajemos perfecta, milagrosamente ahí.

Lolita Bosch. Revista: Puentes de la Crítica. Buenos Aires, Argentina. Enero 2014

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